Podría empezar con lo de la Ciudad de las 100 Torres y tal, pero eso está muy manido así que, como nunca habrás estado (ni estarás), en la sala VIP de un aeropuerto voy a empezar por aquí. Una sala VIP es aquel sitio donde la gente no se atiborra a comer ni beber aunque haya barra libre, tampoco se hacen fotos como si fuera algo exótico, ni es sitio para surtirse de sobrecitos de Colacao para una semana. Ahora te preguntarás qué hago yo ahí rompiendo esquemas. Pues eso, tú lo has dicho. Ya otro día te cuento como me convertí en Very Important Person, ahora vete a embarcar y regresa a tu mundo atravesando pasillos de gente corriente que chillan y ríen y pagan por sus refrescos.
La primera zona Josefov, el Barrio Judío. Mientras encuentras la sinagoga española ya he encontrado yo la modernista Casa Municipal al lado de la Torre de la Pólvora por lo que ya pasas a la segunda zona: Staré Mēsto, la Ciudad Vieja.
Y si te toca un guía australiano intenta disimular durante tres horas que te estás enterando. Cada paragüas es seguido por su rebaño. A veces cuando se juntan varios rebaños en las estrechas callejuelas la cosa se complica, y ya ni te cuento cuando la transhumancia desemboca bajo el famoso Reloj Astronómico de Praga en la Torre del Ayuntamiento: si, por un decir, al concejal de festejos se le ocurriera en este instante soltar una vaquilla la estampida sería letal de necesidad.
En Malá Strana, la Ciudad Pequeña, no te quedes sin subir al Monte Petrīn, es una colina que puedes subir andando si quieres tardar varias horas o puedes subir en funicular. Como sé que has elegido funicular no se te ocurra bajarte en la primera parada porque verías que el aparato sigue subiendo mientras tú ahí, con cara de tonto. Venga, espera al siguiente y p’arriba. «Hala, la Torre Eiffel», pues no vas desencaminado. La Torre Petrīn se construyó dos años más tarde que la de París, y guarda bastante parecido, y si a sus 60 metros le sumamos los de la colina puedes ver Praga como Montmatre desde la de París. Aquí se comenzó a cocinar Praga allá por el S.IX. El famoso Castillo de Praga no es un castillo sino una enorme ciudadela repleta de conventos y palacios, además del castillo y la catedral. Puedes subir en tranvía, te evitarás un buen sofoco pero también te perderás muchas cosas por el camino, así que no me seas vago.
La ciudadela es tan grande que los tickets lo venden para dos días, así que vete arrepintiendo por no haber subido en tranvía.
Si aún conservas los pies date una vuelta por Nové Mēsto, la Ciudad Nueva. Bueno, nueva, nueva no es, que la fundó el Emperador Carlos en el S.XIV. Aquí te vas a encontrar con el Museo Nacional (tapado con andamios), la Ópera Estatal, la Casa Danzante y el impresionante edificio del Teatro Nacional.
Y ya, si te quedan fuerzas, vuelve a Staré Mēsto a pasear al buen tuntún, o alquila una bici, o pasea en barco por el Moldava, o hazte un tour en un coche clásico… a cada paso te encontrarás múltiples oportunidades para gastar dinero en esta caja registradora que es Praga donde puedes elegir entre museos y galerías de todo tipo: de arte moderno, de cera, del barroco, eróticos, románticos, de Apple (sí, sí, pa los frikis), del chocolate, de la tortura medieval, de piezas de lego, del cristal (de Bohemia, claro), de la ocupación soviética, de Kafka (el de la foto) y, como no, el de la cerveza, al ladito de casa y el único gratis…pues me pido éste !







