Llegamos a Split, etapa marítima y playera del viaje. La segunda ciudad croata en población es Patrimonio de la UNESCO por su legado romano y su casco histórico plagado de bares y restaurantes donde puedes pagar 7€ por una cerveza si eliges fatal, y aunque el sitio se llame La Bodega ni una tapina ni un ná.
También puedes ver aires acondicionados y ropa tendida en pleno casco histórico, y, por supuesto, mil y una agencia que te abruman con actividades náuticas y excursiones superinolvidables para agotar la semana que te queda y las kunas con las que pagas. Tras riguroso análisis financiero te decides por el transporte público que es unas 20 veces más barato y sin necesidad de compartir entrañable barquito con el imperio austrohúngaro y las huestes teutonas jartaitos de cerveza.
Las aguas cristalinas del Adriático te acompañarán durante toda la estancia. Nadar y bucear en estas aguas es adictivo y, como está calentita, puedes estar horas a remojo. Es como nadar en un acuario. Seguro que sabes de qué te hablo porque, por lo general, quien más y quién menos se ha caído alguna vez dentro de uno.
La Isla de Hvar está un poco más lejos (dos horas en ferry) y cuesta tumbona y media de Split. Llegas a Stari Grad, un pueblo superchulo con tenebrosas expectativas económicas porque es la hora de comer y no hay ni el tato en los restaurantes.
Vete a bañar a este nuevo acuario, sumérgete, persigue a los pececillos, sal a respirar, quítate las gafas de snorkel, frotate los ojos y sí, en efecto, la Séptima Flota encara la ensenada camino del puerto. La escena se abre a decenas de veleros y catamaranes cargado de turistas deseosos de poner los pies en tierra porque contrataron una travesía inolvidable y ahora juran que jamás volverán a meterse en un camarote y que cuánto mejor un hotel. Pues eso, por la tarde el puerto, el pueblo y los restaurantes petaitos.
Y nosotros a Split, dónde tienes dos opciones: quedarte por la zona de marcha, que es como Ibiza, o retirarte a casa a beberte una Ozujsko con la gente del barrio. Para no condicionarte callo nuestra elección.
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